Artículo 11. El arte de sostener plantas I

Estimados compañeros,

Cuando inicié mi búsqueda en los aposentos de la internet sabía, al igual que muchos, primeramente me encontraría con un enorme dilema: identificar la información que me ayude a continuar mi labor. Aún perteneciendo a la distinguida real unión de horticultores y cultivadores hidropónicos novel avisté un valioso manuscrito. Debo advertirles que aún faltan legajos por desempolvar, sin embargo, a continuación redactaré partes que he asimilado ya.

En largas jornadas pisaba cuidadosamente cada rincón del camino. Piedras valiosas engañaban la vista, atrayendo miles de buscadores a trampas oscuras. Los gritos atormentados de un joven que perdió la razón al no encontrar su respuesta que le llevaría de vuelta a su amado corazón eran acompañados por melodiosos aullidos en el bosque de los chips. En reiteradas ocasiones llené mi bitácora de notas inservibles mientras buscaba arroyos para rellenar mi garrafa. Lugares inhóspitos, hermosas lianas verdes semejando cortinas, parecían cuadros admirablemente grotescos como “La primavera” de Giuseppe Arcimboldo.

Tan sólo unos cuantos metros después, me encontraría con una enorme construcción. Los años habían removido el brillo de la pintura, y las puertas no protegían más las entradas del predio. Al despojar la maleza de la habitación roja, distinguiría una cama adornada de cojines y lo que alguna vez fue valiosamente satín. Encima una caja verde de madera, proporciones medianas, lisa al tacto, tenía por inscripción una hada de anís. Parecía tener propio resplandor, muy a pesar de haber más intrépidos buscadores nadie se percataba de la fina joya natural que se encontraba a vista de todos y en los ojos de casi nadie.

La tomé como una madre amorosa cargaría a su descendencia, observe cada detalle inscrito en ella pero no comprendí palabra alguna. Fue, justamente ahí, cuando recordé sus palabras: “Hay que escuchar con el corazón”. Y realmente pude escuchar con él. No hubo necesidad de más, sabía que esa caja me pertenecía de vidas anteriores. Regresé a la morada que me había albergado por ese periodo con la caja en mi bolsillo. Al anochecer, la flama de vela radiaba un color cálido que le brindaba misticismo al descubrimiento. Entonces, decidí abrirla. Lentamente toqué la parte superior y empujé con suma delicadeza hacia arriba para descubrir su interior.

Entre fotografías, litografías y demás papeles se encontraba un diario diminuto que tenía inscrito Aimée. Al parecer, una mujer amante de los jardines comestibles, creó grandes hazañas en aquel predio que visité. Sus espacios verdes eran conocidos por la corte y el virrey la visitaba a menudo para deleitarse con las creaciones frutales. Pasteles únicos que despertaban atracción al servirse en los cuerpos desnudos de musas. Éstas eran la propia inspiración de la creación comestible la cual se presenciaba. Un espectáculo único relatado por Aimée en cada hoja y fotografía que aún conservo. Sin duda alguna, éstas reuniones se llevaban a cabo en el salón malva de la construcción. También lo visité y me maravillé al observar los objetos que reposaban ahí. Una enorme mesa de madera hecha únicamente con un tronco de roble. Una chimenea en la parte izquierda del cuarto, colgaba un espejo en el techo que permitía a cada integrante de la reunión admirar con sumo detalle el evento.

Cumpliendo mis responsabilidades con la real unión de horticultores y cultivadores hidropónicos novel, expongo a continuación algunas memorias de la señorita Aimée, dónde relata minuciosamente sus labores para generar un suelo digno de sostener plantas dadoras de frutos, los cuales como mencioné anteriormente, usaba para sus creaciones comestibles.

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  1. […] Pero también ella va comprendiendo aspectos que además de mejorar su huerto, mejoran su vida. En este enlace puedes encontrar el incio de la historia. Espero sea de tu agrado pues lo escribo con […]



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